Mayra Arena 10/02/2018
El beneficio de ser pobres.
Mi vieja es una mina marginal. Toda la vida vivió fuera del
sistema y ahí quedará. Por un problema que tuvo al nacer, es muy pequeña: no
llegó nunca al metro cincuenta, y por los muchos embarazos que tuvo ya se le
cayeron varios dientes. Tiene 41, pero la falta de dientes sumada a su escasa
estatura y marcada delgadez, hacen que aparente mil años más.
Mi vieja dejó la escuela porque era al pedo. Vos le explicás
algo y no lo entiende. Incluso las cosas más simples, se las tenés que explicar
despacio, varias veces. Si querés enseñarle a ir al chino de la vuelta lo mejor
es acompañarla y que vaya, porque si le explicás el camino, no entiende. Mi
vieja nunca prendió una computadora, ni la va a prender. Apenas sabe leer y
escribir, y cuando digo “apenas” quiero decir, escribe como el orto y cuando
lee no le queda nada. Tiene que leer algo simple varias veces para que le
quede. A veces nos pide ayuda a las hijas grandes, y hay que explicarle
despacio y con palabras claras, sino no entiende.
Mi vieja no laburó nunca, no se desenvuelve. Siempre que intentó
tuvo laburos muy malos, porque a los buenos, no pudo ni podrá acceder nunca.
Siempre limpiando, cada vez que le conseguíamos un trabajo la echaban al poco
tiempo: la gente no le tiene paciencia porque vos le explicás y no entiende. Mi
vieja nunca aspiró a tener nada, siempre sintió que hay cosas que simplemente
no eran para ella. Siempre sintió que ciertas cosas “son cosas de ricos”
incluso cosas mucho más sencillas de las que piensan. Mi vieja tuvo varios
hijos, todos de distintos hombres. En el hospital le explicaban que no tuviera
más, que tenía que cuidarse, pero ella no entiende. Nosotros llevamos el
apellido de ella y salvo el más chico, ninguno conoció a su respectivo padre.
Mi hermana Gisella Marisol y yo, tuvimos el beneficio de ser
pobres. De pibas, mi vieja marginal nos mandaba a pedir todos los días. Íbamos
a las panaderías porque son los que mejores cosas dan, y con lo que volvíamos
se cenaba. Mate cocido con lo que hubiera. Cuando no nos daban las del barrio,
nos íbamos abriendo cada vez más hasta llegar a las del centro. Por eso nunca
compartí la filosofía de no darle monedita al nene que pide: lo único que
lográs es que tenga que caminar más, porque ese pibe no va a volver a la casa
con las manos vacías. Teníamos hermanos más chicos, pero no quedaban en casa,
salíamos todos juntos porque a los más chicos siempre les dan más. Entonces
salía mi vieja con nosotros y mi vieja se quedaba afuera y nosotros íbamos al
negocio y pedíamos. Cuando íbamos con mi hermanito, la cosa era bastante rápida
porque era muy chiquito y la gente siempre te da lo que puede. Mi vieja no
entraba porque a los grandes no les dan casi nunca nada. Hay lugares que igual
nunca dan nada y lugares que siempre te dan aunque sea un pancito. La cosa es
que siempre volvíamos con algo para acompañar el mate cocido.
Mi abuela estaba apenitas mejor que nosotros porque laburaba
limpiando. No teníamos a nadie que trabaje excepto ella, entonces lo poco que
sabíamos de trabajo era que era horrible: las patronas eran malas y siempre le
hacían cosas horribles, le pagaban menos de lo que le prometían y se hacían las
desentendidas. A veces se iban un mes a Europa y ese mes la dejaban totalmente
en banda. Cuando trabajaba, no le pagaban casi nada, incluso nosotras pidiendo
en la panadería, a veces conseguíamos cosas que ella no podía comprar ni
ahorrando.
Nuestra casa era un cuadrado con un baño en la época que mi
abuela podía pagar alquiler, pero cuando mi vieja se peleó con mi abuela nos
mudamos a una piecita sin baño en Pampa Central. Las necesidades se hacían en
un balde y la comida del mediodía nos la daba un comedor que daba comidas
riquísimas, polenta, guiso, tallarines. A veces hasta había postre, una naranja
o un flancito. A la tarde tomábamos la leche en una iglesia en frente de casa y
en esa época mi vieja empezó a cobrar una cosa que se llamaba jefes y jefas y
eran 150 pesos por mes. Siempre que cobraba, los veintipico de cada mes,
comíamos un yogur cada uno y para nosotros era la gloria.
De piba, cuando sos pobre, lo que te salva de la
marginalidad es creer. Creer que algún día vas a tener todo eso que querés
tener. Cuando conocés grandes que no son pobres y que te preguntan qué vas a
ser cuando seas grande, empezás a soñar un poco. Todos los grandes te dicen
todo el tiempo que no dejes la escuela, que estudies mucho. Nosotras, mi
hermana y yo, conocimos un grande en particular que fue significativamente
importante para nosotras: Marcelo General. Seguramente no lo conozcan, no era
más que un vecino nuestro. Él y su adorada esposa siempre nos invitaban a su
casa a jugar con su hijita, a pesar de que nosotras no teníamos juguetes ni
nada para llevar. Ellos tenían cosas que nosotras no habíamos tenido ni visto
jamás. La casa de ellos era una mansión, aunque ahora que lo pienso no era más
que una casa con comedor y un par de dormitorios. Pero nosotras ahí adentro
estábamos en nuestra salsa. Mi hermanita jugaba con todos los juguetes de la
nena, yo siempre pedía pasar al baño porque era espectacular: tenía un espejo
gigante y papel higiénico de esos con dibujitos y los puntitos para cortarlo
derechito. Cuando sos pobre, la riqueza se mide en esas cositas. Ellos eran
ricos. Todos los días la acompañábamos a la cooperativa y ella nos dejaba
elegir el yogur que quisiéramos. Todos los días le preguntábamos de hasta qué
precio podíamos agarrar, y ella nos decía que de cualquier precio, que
agarráramos el que más nos guste. Definitivamente eran ricos.
La mamá de la nena nos contaba que el marido a veces se
levantaba a las 4, o sea, trabajaba desde muy temprano. El hombre era muy
bueno, siempre hacía chistes y miraba la tele. A veces nos daban hielo para
tomar agua fresca en casa, porque nosotras no teníamos heladera, pero solo a
veces porque otra vecina de la esquina, Silvia, también nos daba hielo siempre.
Hay vecinos que te ayudan muchísimo.
Marcelo y Claudia, su esposa, siempre nos decían que
fuéramos a la escuela. Una Navidad nos dijeron que había venido Papá Noel pero
nosotras ya sabíamos que habían sido ellos. Los regalos, mi hermana todavía los
tiene guardados. Así de valioso es todo cuando sos pobre.
En la escuela, también éramos pobres, no marginales. No
teníamos las cosas que tenían todos, a mi hermana incluso una maestra no le
corregía las tareas porque no llevaba cuaderno tapa dura. Siempre la retaban
por no llevar las cosas que pedían y ella siempre lloraba. Pero éramos muy
estudiosas, teníamos esa ventaja. Era una escuela pública, los pobres éramos
nosotros y los ricos eran los que se compraban alfajores en el recreo, tenían
mochila con carrito y cartucheras de dos pisos. Todos los grandes que
conocíamos nos decían que si estudiábamos nos iba a ir bien, y nosotras lo
creíamos de verdad. Mi hermana no tenía la cartulina que pedían, pero jamás se
olvidaba de hacer los deberes. Hubo una asistente social que nos ayudó
muchísimo y que siempre nos daba mercadería, lo hacía delante de todos y eso
nos daba vergüenza, por eso mi hermana era medio tímida. No lo hacía de mala
porque era buenísima, yo creo que no se daba cuenta que es feo que te den mercadería
cuando a nadie le dan, en el aula todos te quedan mirando además. Hubo un
invierno en que teníamos una sola campera buena, la violeta, asique iba unos
días mi hermana y unos días yo. Yo decía que nunca tenía frío e iba igual pero
después me recagaba enfermando entonces era mejor así. Mi hermana odiaba faltar
porque después no entendía las cosas. Asique yo faltaba mucho. Mucho. Pero en
casa había varios libros y los leía, una y otra vez. Yo sabía que estudiando me
iba a ir mejor, eso me decían todos.
Éramos pobres, no marginales. No queríamos dejar la escuela.
Conocíamos gente que no era pobre y era gente que trabajaba y había estudiado,
entonces por ahí venía la mano.
Pasaban los años, mi vieja seguía sin laburar. A veces se
afanaba queso de un supermercado, lo sacaba entre la ropa o debajo de la axila.
Una vez me afané un alfajor de un kiosko y me dijo que si lo volvía a hacer me
iba a hacer pasar la vergüenza de mi vida: nunca más toqué nada. La vergüenza
es a lo que más miedo le tenés cuando sos chico, ni que te caguen a palos es
tan fulero. No sé cómo explicarles lo que deseás un alfajor o una milanesa. Los
que pueden comerlo cuando quieren, para uno son ricos. Yo ya tenía como 12 años
y no quería salir más a pedir: me daba vergüenza. Y ahí ocurrió algo que casi
nos empuja a la marginalidad, pero con el tiempo zafamos.
Mi vieja había tenido un marido golpeador, un alcohólico
hasta los huesos que había vivido con ella cuando éramos mocosas. De nuestros
padrastros y otros horrores, no voy a hablar. Este tipo estaba preso hacía
varios años, era el papá de mi hermanito, el único que tuvo padre. Estaba por
salir de la cárcel y nosotras sabíamos que mi vieja iba a volver con él. Mi
hermana, ante el terror de volver a sufrirlo, se fue a vivir con mi abuela y no
volvió. Ella tenía 9 años cuando lo decidió, todo para no volver a ver a mi
padrastro. Yo me quedé, porque quién iba a cuidar a mi vieja y a mi hermanito,
si no yo. Salió mi padrastro de la cárcel y me di cuenta de la triste realidad:
yo no podía contra él. Entonces me metí de novia con un tipo 30 años mayor que
yo y me pasaba todo el día en la casa de él. Lo importante era no volver a mi
casa. Hasta que me tuve que ir definitivamente, a los 13. Confié que a mi
hermanito no le iba a pasar nada porque era hijo, no hijastro.
Dejé la escuela porque si se descubría mi relación, mi
pareja iba a terminar en la cárcel y yo iba a ir a un colegio o con mi
padrastro. No me hubiera arriesgado a eso por nada del mundo asique dejé de
estudiar y me alejé de todo el que me conociera. Por supuesto, quedé
embarazada. Y como nadie te da laburo siendo una cría de 14 años embarazada, yo
me volví, por un tiempo, marginal, no pobre. Ya no podía estudiar porque eso
era un peligro para el papá de mi hijo, y nadie me daba trabajo porque… era
menor y tenía un hijo. De nuevo y siempre, los vecinos me ayudaron mucho. Ya no
eran los mismos vecinos porque yo vivía más abajo, pero acá también me
ayudaron, y no saben cuánto. Mi hermana seguía siendo pobre, siempre
estudiando, siempre esperanzada de salir adelante.
Pasaba el tiempo, vivíamos como podíamos y yo accedía a los
laburos que te dan cuando sos menor. Vendía perfumes en la calle, puerta a
puerta o hacía campaña de socios para algún hogar, esos que te pagan el 10 por
ciento de lo que recaudás. No existía la asignación y para todos los planes
existentes, yo era menor. Todo me empujaba a ser marginal, porque ni siquiera
podía acceder a los laburos o planes de pobres. A los 15 hice un curso de
peluquería, pero en esa época no existía internet y era muy difícil ir
haciéndote conocido en un oficio. Además yo tenía 15 y se me notaba en la cara,
nadie se iba a dejar cortar el pelo por mí. A los 16 mentí diciendo que tenía
19 y accedí a mi primer laburo con sueldo mensual: tenía que cuidar a un abuelo
hemipléjico. ¡De nuevo pobre! Ya no marginal. Es abismal la diferencia. Cobraba
un sueldo por mes que no era más que un sueldito, pero podía comprar comida y
cositas para mi hijito. Mi abuela me había regalado un lavarropas automático
que le regaló una patrona, ese lavarropas lo vendimos y lo cambiamos por unas
garrafas, y esas garrafas las vendimos y juntamos dos mil pesos. Con eso
compramos el ranchito que se ve en la foto. Dos mil pesos nos costó, un rancho
de chapa con piso de tierra, y estábamos en la gloria. Tiempo después las cosas
no anduvieron con el papá de mi hijo, la verdad es que yo hacía rato no lo
quería más. Entonces me fui con mi nene y de ahí en más cuidamos viejitos
siendo cama adentro, o cuidábamos alguna abuela de noche y yo de día trabajaba
de otras cosas. Entonces teníamos casa, comida y un pequeño sueldo. A los 21
años aprendí un oficio y gracias a internet y la facilidad de promocionar tu
laburo gratis, pude laburar menos horas durante el día y empezar a estudiar. Pobres,
no marginales.
Los años de laburo siendo joven, estudiante y pobre, son
durísimos. No es nada fácil este ambiente, se vive siempre al día, y muchas
veces te gastás los últimos veinte pesos que tenés en fotocopias del
currículum, vas al centro caminando para no gastar en boleto y uno tras otro te
dicen que lo dejés, que después te llaman. Los días se hacen eternos cuando
nadie llama. Pero la diferencia crucial entre nosotras y mi vieja es que,
nosotras teníamos la esperanza de que alguien iba a llamar. Todos los días
salís a patear esperanzada, deseando que alguien te diga “venite el lunes a
primera hora”. Y tarde o temprano ese día llega.
Mi hermana empezó laburando a los 16 para un tipo que le
pagaba “según como trabajara ese día” o sea, le pagaba lo que se le cantaban
las pelotas. Como es mucho más desenvuelta que mi vieja no sólo no pierde los
laburos, sino que tiene cada vez más. Alquila un departamentito y labura todo
el día para poder pagar su alquiler y comer. Yo la he visto llorar de cansancio
y frustración, pero como todo pobre, al otro día se levanta y sale a ganarse el
mango igual. Además estudia, cuando sos pobre siempre te dicen que estudiar es
la salida y vos lo creés. Ya le falta poco para ser maestra, cagate de risa.
Capaz hasta se cruza con la que no le corregía las cosas por llevar esos
cuadernos que te daba el gobierno que si borrabas dos veces se transparentaba
la hoja. Andá a saber.
Mi vieja sigue siendo marginal. Tiene un solo laburo de
limpieza hace algo de un año y nunca sabemos cuánto le va a durar. Ya pasó los
40 y es muy joven como para jubilarse, pero grande como para encontrar un
laburo fijo. Gracias a la asignación que cobra de los dos más chicos, sumada al
laburito, la miseria no es tan espantosa como la de mi infancia en los 90. Las
hermanas más grandes nos independizamos hace ya mucho, entonces ayudamos a los
más chicos. Ellos no tienen la vida que nosotros, no salen a pedir y pueden ir
al colegio con útiles comprados, no esos lápices de porquería que a nosotros
nos daba el gobierno y que los pasabas por la hoja y no pintaban. Siempre hay
que darle una mano a mi vieja con los trámites de la asignación, porque a ella
le explican, pero no entiende.
Cuando sos marginal, como mi vieja, aceptás que tu único
futuro es la pobreza. No te interesa tener nada porque estás segurísimo de que
nunca vas a poder tener nada. A los ricos los mirás con bronca, son unos
miserables que no te dan nada, ni trabajo. A mi vieja nunca le dieron ni
trabajo. En cambio, cuando sos pobre, lo que te salva de caer en la
marginalidad, es la esperanza de salir de esa pobreza. Es muy dificultoso,
porque labures de lo que labures, empezás ganando muy poco, y tenés muchas,
pero muchas necesidades para cubrir. Además, siempre tenés en la familia
alguien que está peor, y ayudás. En lo poco que podés ayudás. Entonces todo
crecimiento se hace más lento, porque le comprás zapatillas a tu nene, pero no
podés dejar de comprarle a tu hermanita. Y mi hermana vuelve a cenar el mate
cocido con un mignoncito, para comprarle una campera buena a la más chica.
Entonces sos sostén tuyo y de tu familia, porque sos pobre, pero tu vieja es
marginal y sabés que no va a conseguir laburo. Ni siquiera uno de limpieza como
el de mi hermana, o en geriatría, como yo.
No es lo mismo ser marginal que ser pobre: el mundo es de un
color distinto. Cuando sos pobre sentís, sabés, la gente te dice constantemente
que si te esforzás mucho vas a salir adelante. Mi vieja es marginal, no espera
nada del mundo. Sabe, siente, percibe que el mundo es de los otros. Tiene una
capacidad cognitiva bajísima y tiene mal aspecto: la gente no le dice nada y si
le dijeran, no entiende.
Cuando sos pobre y venís de familia pobre, no marginal,
aunque no lo creas ya tenés un montón de ventajas. Tenés otra forma de ver la
vida de entrada: son tus propios padres los que te dicen que con esfuerzo vas a
lograrlo. Y salís, por supuesto con muchísimo esfuerzo, pero tarde o temprano
salís adelante. Con ganar un buen sueldo ya vivís mejor, cubrís tus necesidades
y vas mejorando, poco a poco, tus posibilidades.
Una vez leí, en esta carrera que estudio con la esperanza de
descubrir cómo hacer que los marginales puedan llegar a ser pobres y que los
pobres dejen de serlo, una frase que me voló la cabeza. La frase dice “la
diferencia entre un marginal y un pobre es que el pobre tiene claro su lugar en
el mundo”. El que lo escribió lo hizo, claro, analizando desde afuera. Pero no
le erra. El beneficio de ser pobres es que entendés rápido que tenés que
adaptarte al medio para sobrevivir. A un marginal como mi vieja, le expliques
como le expliques, no lo entiende.
Cuando los leo odiando a ciertos pibes porque sus padres o
ustedes mismos fueron pobres y salieron adelante, no puedo ponerme a
explicarles esto de que ser pobre es infinitamente menos malo que ser marginal.
Es muy largo, es muy complejo, y además no sé si me van a querer escuchar. Por
eso estudio ciencia política y por eso estoy segura de que mi hermana estudia
para maestra. Para poder explicarles mejor a los marginales, a los pobres y a
los que no entienden por qué los pobres siguen siendo pobres. Igual sabemos que
estudiemos lo que estudiemos hay gente que no nos va a querer escuchar. Hay
gente que no es marginal, pero igual le explicás, y no entiende.
Mayra Arena 17/03/2018
Hace unas horas, una amiga muy querida me envía unas
capturas de personas comentando en diarios que "yo no soy quien digo
ser". Me quedé maquinando en lo fácil que es ensuciar a alguien o acusarlo
de mentiroso cuando lo único que existe en juego es la palabra de uno contra la
del otro. Me puse infinitamente triste pensando ¿qué ganará esa persona
diciendo mentiras? ¿Cómo voy a hacer si es que alguien -o en el peor de los
casos, todo el mundo- le cree y me señalan con un dedo acusador? Y hace unos
minutos, cuando ya estaba por ponerme a llorar de la angustia y la bronca de lo
jodidas que pueden ser algunas personas (¿con qué punto? ¿qué ganan?) me llega
este mensaje.
Gracias Seño Virginia Francino por acordarte de mí y de mi
vieja.
Mayra Arena – 20/03/2018
Estoy profundamente conmovida por el impacto que ha tenido
mi último relato. He recibido miles de mensajes y solicitudes y facebook ya no
me deja aceptar más gente. Los que escribieron, ténganme paciencia, de a poco
voy contestando, y estoy pensando en hacer otro tipo de página para ensanchar
la comunicación. Me siento muy honrada y feliz de ser leída.
Como en todo texto, la subjetividad no deja nunca de hacer
estragos. Muchísima gente ha malinterpretado mi narración como una especie de
«Sí, se puede» y me veo obligada a decepcionarlos. Otros quizás no me hubieran
malinterpretado tanto si grandes medios de comunicación no hubieran omitido
cada cosa que –telefónicamente– les dije, relacionada a los problemas
estructurales que conciernen a la pobreza, y en cambio sobredimensionaron mi
mensaje de que creer es lo que te saca adelante.
Lo que te saca de la marginalidad es creer que podés
alcanzar algún mínimo sueño, pero nada de eso es posible si quienes generan
empleo no te dan la oportunidad de acceder al mismo. Lo que te empuja a salir
adelante es tu propia cabeza, día a día, pero de nada sirve desear estudiar si
se cierran los bachilleratos de adultos para aquellos que pudimos retomar los
libros recién cuando pudimos asegurarnos el plato de comida. Ahí está el
problema, en que el deseo de salir adelante no puede concretarse si no existen
un conjunto de elementos que garanticen el acceso a la educación, el trabajo y
la salud.
Muchos van a retirar su solicitud, su like o se van a
arrepentir de su mensaje de aliento. Está bien que así sea, el que quiera irse
que se vaya, el que quiera quedarse a discutir, quédese: nada enriquece más la
discusión política que las distintas miradas sobre un mismo fenómeno. No
bloqueo a nadie que piense distinto, ni siquiera a los que me llamaron
resentida u otros apodos irrepetibles.
Era fundamental dejar en claro que decir «Sí, se puede»,
sería una falta de respeto y de humanidad hacia quienes quedaron en el camino y
no tuvieron mi colosal suerte. Porque eso fue lo que más tuve. Suerte de que la
subalimentación no afecte mi rendimiento cognitivo, suerte de que los vecinos
me inviten a jugar a su casa y conocer otro entorno social, suerte de tomarlos
como referentes positivos, suerte de tener la cara como piedra para ir a pedir
trabajo a cualquier lado y suerte de que en algún lugar me dieran esa primera
posibilidad. Suerte también de poder, después de muchos laburos de negreo
intenso, tener un oficio digno que me permitió retomar la formación académica
que siempre soñé.
Me niego rotundamente a decir «Sí, se puede». Si me viralicé
por tener un origen marginal y hoy estudiar en una universidad, queda claro qué
tan bajas son las expectativas actuales para los que venimos de abajo. Me niego
a tirar una frase cortita y vacía como rayo esperanzador. Gracias a los que lo
tomaron por ese lado y me alabaron tanto, pero no: los pobres que logramos
pisar una universidad no somos un ejemplo, somos una absoluta minoría. Y ahora
que puedo escribir lo pienso seguir haciendo para visibilizar esta dura
realidad, que cada vez se va pareciendo más a la de mi infancia.
Mayra Arena 23/03/2018
¿Hasta dónde puede caer bien un pobre?
Veamos. Resulta que Clarín me insiste para una nota. Les
digo que no quiero dar el enfoque que tienen ellos. El que me quiere
entrevistar me dice que va a respetar todo lo que yo diga. Accedo porque soy
imbécil. Viene el flaco a mi casa, macanudísimo, tomamos mate, elogia autores
de mi biblioteca, reímos. Clarín titula esto. Así, en ese tono. Poniéndome como
una pedante de mierda que le dice qué es lo que tiene que hacer a toda una
clase social, como si no hubiera sido en un contexto de, mate en mano, hablar
de cuánto sueño con una sociedad con menos prejuicios y mejores condiciones de
empleo.
Y la cosa no termina en los diarios. Ahora tengo tres
productores de TN y Canal 13 insistiéndome para venir acá, o ir allá. Quieren
hacer una nota morbosa de esas que les gustan a ellos, mostrando el rancho del
papá de mi hijo, mostrando por dónde salíamos a pedir allá por los 90, yendo a
ver al matrimonio que me ayudó tanto, tanto en mi infancia (seguro para que yo
llore y ellos también) o sentarme en el living de la flaquita para hacerme
hablar hasta quebrarme. Educadamente les digo que no estoy lista para la TV.
Insisten. Explico «Mirá, accedí a darle una nota a Clarín porque me dijeron que
iban a respetar lo dicho y con el título me dejaron mal parada» ¿Y qué me responden?
*agarren un pañuelito porque si lloraron con mi historia, con esta se quiebran*
«¡Pero Mayra, no nos prejuzgues, no nos hagas lo que a vos tanto te hicieron!»
Siiiiii leyeron bien! La tipa me dice que yo, diciéndoles
que no, anteponiendo mi integridad a lo que sé que son capaces de editar,
titular, mostrar, estoy prejuzgándolos tal como a mí me han prejuzgado tantos
años. Son maravillosos. No saben que, precisamente el pre-juicio, es juzgar a
alguien o algo sin saber nada, simplemente poniendo juicios que uno carga y
depositándolos en el otro. Y no entienden que yo de ellos ya vi lo suficiente.
Quieren mostrarme salir del rancho de chapa y las calles de
barro, para que los que ahora no dan abasto con el ajuste y los tarifazos,
sientan que no tienen de qué quejarse.
Quieren exponer que salí entera de la miseria espantosa de
los 90 y usar mi realidad para seguir promoviendo políticas de ajuste y
transferencia de recursos.
Y después, cuando intente hablar de alguna medida política o
económica, van a dejarme como una pedante, titulando en un tono imperativo y
apático, porque la empatía de los medios hacia los pobres existe mientras el
pobre limpia pisos y termina el secundario, pero cuando quiere levantar la voz
por alguna injusticia, se convierte en un prepotente.
Mayra Arena 09/03/2018
Como ya saben, durante el año cuido abuelos de noche. Sé
hacer de todo (arterial, glucosa, sonda, inyectables, etc), he cuidado abuelos
sanos, con pañales, con ACVs, hemipléjicos, y todo eso junto (?). Además tengo
las mejores referencias de todos los laburos anteriores, de los pacientes y de
los hijos. Así que les encargo si saben de alguno: van a quedar re bien
recomendándome.


